Ana Lucía González tenía nueve años. Su cuerpo lo encontraron en una alcantarilla de Ciudad Bolívar, Bogotá.
Por Andrea Parra | Comunicadora Social y Periodista, con énfasis en liderazgo femenino.
Su historia estremeció al país, pero más allá de la indignación que produjo su muerte, hay una pregunta que debería incomodarnos: ¿qué pasó antes de que una niña de nueve años terminara siendo noticia?. Según las investigaciones de la Fiscalía, Ana Lucía habría sido víctima de violencia sexual durante meses, presuntamente por parte de la pareja de su hermana mayor. Una situación que nos obliga a preguntarnos quién estaba pendiente de ella, quién conocía su entorno y si hubo señales que no fueron escuchadas o atendidas.
También surge una pregunta difícil sobre el papel de su hermana en el cuidado de la niña. No conocemos todas las circunstancias y no nos corresponde anticipar responsabilidades que debe establecer la justicia. Sin embargo, ¿nos hemos preguntado si ella también pudo haber sido víctima de violencia, control, amenazas o dependencia? Comprender esos posibles contextos no significa justificar omisiones, sino reconocer que la violencia puede involucrar a más de una persona y que cada responsabilidad debe esclarecerse.
Como comunicadora social, hay algo que me inquieta especialmente: hemos aprendido a comunicar la tragedia, pero ¿estamos aprendiendo a comunicar para prevenirla?
En Colombia, durante los últimos años se notificaron aproximadamente 34.450 casos de violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes. No son solamente datos: son historias de vidas que necesitan protección. Y esta realidad también debe llevarnos a mirar nuestro territorio, Risaralda. No podemos creer que estas situaciones ocurren únicamente en otras ciudades. ¿Cuántas niñas de nuestros municipios, barrios y comunidades están viviendo situaciones de violencia sin encontrar un espacio seguro para contarlo?
Decimos que debemos enseñarles a las niñas a alzar la voz, pero no siempre les damos herramientas para hacerlo. No siempre hablar es fácil, especialmente cuando quien agrede es una persona cercana, alguien en quien la familia confía o un adulto frente al que sienten miedo.
Por eso considero que la comunicación debe ocupar un lugar más importante en la formación de nuestras niñas. Desde los colegios necesitamos fortalecer herramientas para reconocer emociones, identificar situaciones que vulneran su integridad, expresar límites y saber a quién acudir. No se trata únicamente de enseñarles a hablar, sino de construir espacios donde puedan hacerlo sin temor a ser juzgadas, castigadas o culpabilizadas.
También debemos preparar a los adultos para escuchar. Porque de nada sirve enseñarles a comunicar si cuando intentan contar algo encuentran indiferencia, cuestionamientos o silencio. La responsabilidad no puede recaer sobre una niña que todavía está aprendiendo a comprender el mundo.
Hay otra realidad que merece nuestra atención: la manera como consumimos estas tragedias. Cuando una niña muere, su historia se convierte en tendencia. Compartimos publicaciones, exigimos justicia y expresamos indignación. Pero pasan los días, llega otra noticia y aquella vida termina convertida en una cifra más. Mientras tanto, otras niñas siguen expuestas a situaciones de abuso, muchas veces dentro de sus propios entornos familiares.
Se acerca diciembre, una época de reuniones, vacaciones y encuentros familiares. No podemos asumir que todos los espacios de confianza son necesariamente seguros. La prevención también significa hablar de límites, cuidado y protección con quienes comparten la vida cotidiana de nuestras niñas.
Desde mi experiencia profesional y mi trabajo alrededor del liderazgo femenino, creo que debemos dejar de entender la comunicación solamente como una herramienta para informar. También es una forma de proteger, reconocer señales y abrir caminos para que una persona pueda pedir ayuda.
La muerte de Ana Lucía no puede ser únicamente un motivo de indignación pasajera. Debe llevarnos a revisar qué estamos haciendo desde las familias, los colegios, las organizaciones sociales, los medios de comunicación y las instituciones para evitar que otras niñas atraviesen historias similares.
Porque no basta con pedirles que hablen. Tenemos que aprender a escucharlas y garantizar que, cuando lo hagan, alguien esté dispuesto a actuar.
La comunicación salva vidas, pero el silencio de una niña nunca debería confundirse con que todo está bien.
Y desde Risaralda, una pregunta que nos corresponde responder: ¿cuántas niñas están esperando que alguien las escuche mientras nosotros seguimos mirando hacia otro lado?
