Dos mujeres y un hombre relataron las dificultades para conseguir dinero y empleo tras el terremoto en Pereira.
Hace cuatro meses, Matilde llegó desde Santa Cecilia con sus tres hijos para buscar trabajo y nuevas oportunidades en Pereira. Hoy se encuentra en un albergue, al igual que Dioselina y su esposo. Todos enfrentan las consecuencias del terremoto, pero la necesidad aumenta por el número de hijos y la falta de solución habitacional.
El sismo del pasado 10 de agosto los agarró en pleno centro. La mujer recuerda todo lo que pasó aunque con mucho temor. Todavía enfrenta las consecuencias de los daños que dejó el movimiento telúrico.
Cuando le preguntaron qué necesitaba además de los alimentos que reciben en medio de la emergencia, su respuesta fue directa: “Una vivienda necesito.”
No habló de bienes materiales ni de ayudas adicionales. Su principal preocupación son los menores que dependen de ella. “Para los niños”, completó.

La familia también enfrenta una dificultad adicional. Matilde tiene problemas para expresarse en español, una situación que puede complicar su acceso a información, trámites y rutas de atención durante la emergencia.
Dioselina tiene siete hijos
La situación de Dioselina es diferente, pero coincide en una necesidad fundamental: encontrar una alternativa para su familia después del terremoto.
La mujer explicó que permanece en Pereira porque su esposo trabaja en la ciudad. La familia lleva cerca de un año en el municipio y decidió quedarse por las posibilidades laborales que encontraron.
Cuando habló sobre los integrantes de su hogar, entregó un dato que explica su situación: “Con siete hijos”.
La emergencia dejó a este núcleo familiar en una condición todavía más compleja. Mientras intentan mantener su actividad laboral, también necesitan resolver dónde permanecer y cómo acceder a las ayudas destinadas a los damnificados.
Según, el acompañamiento de la administración municipal es insuficiente: “Ellos no apoyan nada”, agregó.
Para estas familias, la emergencia tiene diferentes dimensiones. Algunos necesitan techo, otros alimentos, orientación institucional o apoyo para mantener sus ingresos.
En algunos casos, aparece además una barrera lingüística que puede dificultar la comunicación con las entidades encargadas de atender la tragedia.
Y mientras esperan una solución, la petición de estas familias sólo describe el mismo drama de muchos damnificados: tener un lugar seguro donde puedan volver a empezar.
