El proyecto comenzó en 2022 con encuentros extracurriculares y hoy reúne estudiantes de distintos grados del colegio.
El semillero de robótica funciona hoy como un espacio permanente dentro de un colegio público de Dosquebradas, donde decenas de estudiantes aprenden programación, lógica y resolución de problemas.
La iniciativa nació en la Institución Educativa Institución Educativa Bernardo López Pérez, en medio de limitaciones de infraestructura y sin un laboratorio especializado, pero con la intención de acercar a niños y jóvenes a herramientas tecnológicas que parecían lejanas.
Detrás del proceso está Víctor Eduardo Ardila Lindo, ingeniero mecatrónico, con maestría en Ingeniería Eléctrica y próximo a culminar un doctorado en Educación, quien acaba de obtener una beca internacional que lo llevará a Corea del Sur como reconocimiento a un trabajo pedagógico construido durante varios años.
Para el docente, la beca no representa un punto final, sino el reconocimiento a un proceso colectivo. “Es un reconocimiento al trabajo que se ha hecho durante estos años”.
A su juicio, el logro no responde únicamente a un esfuerzo personal, sino al crecimiento de un proyecto que empezó de manera modesta y terminó transformándose en un espacio de formación para estudiantes de distintos grados.
El proceso comenzó a tomar forma a finales de 2022, cuando Ardila detectó interés entre estudiantes de sexto grado y propuso abrir un espacio extracurricular después de clase.
Las primeras sesiones se realizaban en salones prestados, la biblioteca o cualquier rincón disponible del colegio, con apenas unos pocos materiales y el tiempo adicional que estudiantes y profesor decidían dedicar después de la jornada escolar.
Un salón prestado
El semillero nació sin laboratorio, sin equipos especializados y con recursos limitados, una realidad que obligó al docente a buscar alternativas para mantener vivo el proyecto. Durante meses, el funcionamiento dependió de rifas, donaciones hechas por padres de familia y aportes económicos del propio profesor.
“Empezamos con muy poco, pero con muchas ganas”, recordó Ardila, quien explica que traducir conceptos de ingeniería y programación a estudiantes de apenas 11 o 12 años fue uno de los primeros retos.
El objetivo, asegura, no era solo enseñar robótica, sino acercarlos a una forma distinta de resolver problemas. El crecimiento del semillero terminó sorprendiendo incluso al propio docente.
Lo que comenzó con ocho estudiantes empezó a multiplicarse hasta el punto en que los cupos comenzaron a quedarse cortos frente al interés de quienes querían permanecer después de clase para seguir aprendiendo.
“Uno se motivaba más porque ellos querían; pedían otro día, proponían cosas y no querían irse”, contó el profesor sobre una dinámica que convirtió el espacio extracurricular en algo más que una actividad académica.
Mucho más que robots
Con el paso del tiempo, el proyecto dejó de limitarse al aprendizaje técnico y empezó a convertirse en un espacio de motivación escolar y permanencia educativa.
Algunos estudiantes, incluso, decidieron continuar vinculados al proceso desde grados superiores y hoy colaboran con el acompañamiento de nuevas generaciones, algunos como parte de su servicio social.
El docente recuerda uno de los casos que más lo marcó: un estudiante con dificultades de atención y aprendizaje que encontró en la robótica una razón para volver a entusiasmarse con el colegio. “La mamá decía que ahora se despertaba solo porque tenía robótica”, relató.
Actualmente, el laboratorio cuenta con impresora 3D, cortadora láser, motores, tarjetas Arduino y otros materiales tecnológicos, resultado de programas de fortalecimiento institucional y de la consolidación del semillero dentro del colegio.
Cada martes y jueves, decenas de estudiantes ocupan la última hora de clase entre circuitos, pruebas, errores y programación, en un espacio donde aprender tecnología terminó en una manera de fortalecer autonomía, pensamiento crítico y trabajo colaborativo.
