Todos los que aportaron conocimientos fueron importantes. Sonidistas del SENA participaron en la búsqueda de personas atrapadas.
Entre toneladas de concreto, acero y polvo, un grupo de sonidistas llegó a los puntos de mayor destrucción para intentar identificar señales de vida. Su herramienta fue el oído: cada quejido, golpe o rasguño podía marcar el lugar donde una persona esperaba ayuda.
La emergencia obligó a sumar conocimientos que pocas veces ocupan el primer plano durante una operación de rescate. Aprendices, instructores y sonidistas del SENA, junto con equipos provenientes de diferentes ciudades del país, se incorporaron a las labores de búsqueda en Pereira desde el primer minuto de la emergencia el pasado 10 de agosto.
Su trabajo comenzaba cuando el ruido de las máquinas debía detenerse. En medio del silencio, lanzaban una instrucción sencilla a quienes permanecían atrapados: “Si nos escucha, haga algún ruido, rasguñe algo”.
Cada sonido podía convertirse en una pista. Un quejido, un movimiento o el roce de una mano contra algún material permitía orientar a los equipos hacia determinados puntos de las estructuras colapsadas.
Uno de los integrantes del grupo recuerda uno de esos momentos con especial crudeza. “Cuando escuchamos el auxilio, que fue el quejido, y cuando escuchamos también el rasguño, es porque la persona ya estaba muriendo”, relató.
El testimonio revela la presión que soportaron quienes permanecieron durante horas frente a edificaciones destruidas, tratando de distinguir entre los sonidos propios de una estructura inestable y las señales producidas por alguien que necesitaba ayuda.
El sonido como última señal
Los sonidistas trabajaron junto a los organismos de emergencia en lugares donde cada minuto podía cambiar el resultado de una búsqueda. Su conocimiento permitió concentrar la atención en puntos específicos antes de retirar grandes cantidades de material.
En uno de esos procedimientos localizaron a tres personas. El relato de quienes participaron en la operación todavía conserva la angustia de aquel momento.
“Exactamente ahí fue donde encontramos las tres personitas que levantaron la loza”, contó uno de los integrantes del equipo.
Para quienes permanecieron en los sitios de colapso, detrás de cada señal no había solamente una ubicación: había una persona, una familia esperando noticias y la posibilidad de encontrar a alguien con vida.
Los equipos técnicos tuvieron que trabajar bajo condiciones extremas, con estructuras inestables y espacios reducidos. La prioridad consistía en encontrar señales sin generar movimientos que pudieran aumentar el riesgo para quienes permanecían atrapados o para los propios rescatistas.
Una labor importante
Los participantes de estas jornadas insisten en que no buscan ser considerados héroes. Lo que esperan, según su propio relato, es que las instituciones reconozcan que sus conocimientos resultaron útiles durante la emergencia.
“Mi equipo de sonidistas de todas partes del país, de la ciudad y del SENA fue un baluarte en la búsqueda de personas atrapadas en la ciudad bajo los escombros”, subrayó Julián David Giraldo.
También sostuvo que varios aprendices e instructores asumieron riesgos para intentar encontrar a quienes quedaron atrapados después del terremoto.
“No quiero que nos vean como héroes, pero lo único que busco es que esos jóvenes de otras ciudades, de la misma ciudad, aprendices e instructores SENA, muchos arriesgamos la vida por salvar otras”, manifestó.
Su petición es sencilla. dar conocer la historia por haber puesto su conocimiento al servicio de una emergencia que exigió la participación de cientos de personas con diferentes especialidades.
Voces que todavía resuenan
Uno de los momentos más difíciles quedó registrado en el propio relato de los integrantes del grupo. Después de identificar señales, esperaban que los equipos pudieran llegar hasta las personas antes de que fuera demasiado tarde.
“¿Sí la escuchó?”, preguntaba uno de ellos durante la búsqueda.La respuesta era determinante. Escuchar una voz, un golpe o un rasguño significaba que todavía existía una posibilidad.
Pero no todas las búsquedas terminaron con un rescate. La frustración también acompañó a quienes permanecieron frente a los escombros mientras observaban cómo algunas víctimas eran finalmente encontradas sin vida.
“La gente que nosotros detectamos la están sacando muerta”, dijo uno de los sonidistas, en medio de la desesperación.
Detrás de esa frase queda una de las dimensiones menos visibles de la tragedia: quienes participaron en los rescates también tuvieron que convivir con la impotencia de escuchar señales de auxilio y no siempre alcanzar a convertirlas en una vida salvada.
Por eso, mientras Pereira intenta recuperar sus calles y sus edificios, quienes estuvieron entre los escombros reclaman que la memoria de la emergencia también incluya a los aprendices, instructores, técnicos y voluntarios que pusieron sus conocimientos al servicio de quienes quedaron atrapados.
Su trabajo ocurrió lejos de los reflectores. Muchas veces comenzó con una orden que parecía sencilla, pero que podía significar la diferencia entre encontrar a una persona o perder definitivamente su rastro: “Si nos escucha, haga algún ruido, rasguñe algo”.
