Cumplir metas, estrés financiero y exceso de trabajo elevan los niveles de ansiedad y fatiga emocional en esta época del año.
Con la llegada del mes de diciembre, la carrera por cerrar metas laborales y personales puede convertirse en un detonante de agotamiento emocional, una forma silenciosa de fatiga que erosiona la motivación, la concentración y el ánimo. Según expertos, cada vez se ven más personas afectadas en Colombia.
A medida que se acerca el fin de año, no solo llegan las celebraciones, sino también la presión por cumplir compromisos, entregar resultados y atender exigencias familiares. Este ritmo acelerado puede derivar en una fatiga emocional profunda, que según especialistas, debe ser reconocida y atendida a tiempo para evitar el colapso mental.
De acuerdo con Andrea Manjarres Herrera, representante del Campo de Psicología Social y Comunitaria del Capítulo Tolima del Colegio Colombiano de Psicólogos (Colpsic), el cansancio emocional es uno de los signos más frecuentes en noviembre y diciembre.
“La sobrecarga laboral, el estrés financiero y las exigencias personales pueden aumentar la ansiedad o la tristeza. Reconocer el cansancio no es debilidad, es el primer paso del autocuidado”, afirma.
El cuerpo y la mente se agotan
La experta explica que, a diferencia del cansancio físico, que desaparece con un buen descanso, la fatiga emocional se prolonga durante semanas o meses, afectando la energía, el interés y la capacidad de disfrutar de lo cotidiano. “La persona puede dormir bien, pero despertar sin motivación o con una sensación de vacío que no logra identificar”, añade.
Este tipo de agotamiento puede ser el primer signo del síndrome de burnout, una condición reconocida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como un riesgo laboral. La OMS estima que cada año se pierden más de 12 mil millones de días laborables en el mundo por depresión y ansiedad, con un impacto económico superior a un billón de dólares en productividad.
Sin embargo, uno de los principales obstáculos para enfrentar esta crisis emocional es la culpa asociada al descanso. En culturas como la colombiana, explica Manjarres, existe una creencia arraigada que asocia el trabajo duro con el éxito y el descanso con pereza. Esa autoexigencia, normalizada y celebrada, conduce a una sensación de deuda permanente con la productividad.
El sexo femenino corre más peligro
El fenómeno se agrava en el caso de las mujeres, quienes suelen asumir una doble carga: la laboral y la doméstica. “Esa doble jornada genera presión constante y una sensación de culpa cuando intentan priorizar su propio bienestar”, advierte la psicóloga.
En América Latina y el Caribe, la ansiedad y la depresión son 1,8 veces más frecuentes en mujeres que en hombres. Mientras el 9 % de las mujeres presenta síntomas de ansiedad y el 6 % de depresión, en los hombres las cifras bajan al 5 % y 3 %, respectivamente. La violencia de género, las responsabilidades desiguales de cuidado y las expectativas sociales rígidas son factores que aumentan su vulnerabilidad emocional.
El resultado, concluye Manjarres, es una generación de personas que confunden descanso con ineficiencia y autocuidado con egoísmo. Por ello, el verdadero desafío es redefinir el éxito: entender que cuidar la salud mental no es detenerse, sino avanzar con equilibrio.
“Descansar no es lo opuesto a trabajar; es lo que nos permite hacerlo mejor”, enfatiza. Incorporar pausas reales, dormir sin culpa, poner límites y hablar sobre lo que se siente son prácticas que, aunque sencillas, pueden marcar la diferencia entre cerrar el año agotado o en armonía.
En una época donde la exigencia y la inmediatez marcan el ritmo, aprender a frenar también es un acto de fortaleza.
