Varias familias afectadas por el sismo permanecen en un albergue en el sector Villa Meri, del barrio San Nicolás.
Ángela Pérez llegó a Pereira hace más un año tras huir del conflicto armado en el Urabá. Logró reconstruir su vida junto a sus dos hijos. Con el canto, se convirtió en una distracción para los visitantes del Parque Lago Uribe. Ahora duerme en un albergue, sin una vivienda segura y con el temor de que la ayuda desaparezca antes de encontrar un lugar donde volver a empezar.
La música se había convertido en el sustento de esta mujer, pero el terremoto del pasado 10 de agosto volvió a cambiarle la vida, pero ahora, al parecer, con un golpe muchos más fuerte.
Es madre soltera de un adolescente y de un joven de 20 años. Antes del sismo tenía un lugar donde vivir y una actividad con la que conseguía ingresos. Hoy, se encuentra en un albergue mientras intenta encontrar respuestas sobre su futuro.
Su mayor preocupación no está únicamente en lo que ocurrió durante el terremoto. Está en lo que puede pasar después. “Preocupa la parte psicológica, porque ahora no hay vivienda”, dijo.
Volver a empezar, otra vez
Ángela ya conocía lo que significa abandonar el lugar donde construyó su vida. El conflicto armado y el desplazamiento desde el Urabá la obligaron a llegar a Pereira y comenzar nuevamente.
La ciudad le permitió encontrar una forma de sobrevivir a través del canto. Sus presentaciones en parques se convirtieron en una fuente de ingresos y en una manera de mantener a sus hijos. Pero el terremoto también golpeó esa posibilidad.
Los lugares donde acostumbraba cantar ya no representan para ella los mismos espacios seguros. Además, el inmueble donde residía quedó cerca de escombros y vulnerable ante el riesgo de colapso de una estructura cercana.
¿Y la tranquilidad?
Por ahora, el albergue se convirtió en su casa. Allí comparte con unas 50 familias afectadas por la emergencia.
Aseguró que no les ha faltado la asistencia humanitaria. Este sábado, la Cruz Roja entregó ayudas a las familias que permanecen en el lugar.
Pero para Ángela esos apoyos resuelven necesidades inmediatas y no la pregunta que más la preocupa: ¿dónde podrá vivir con sus hijos cuando termine la emergencia?
A su juicio, esa incertidumbre pesa cada día. La experiencia que vivió antes de llegar a Pereira también alimenta uno de sus mayores temores.
Ángela teme que, cuando pasen los días y el terremoto deje de ocupar los titulares, las familias damnificadas queden relegadas. “Los gobiernos y ustedes, saben que después que pasa todo ya nadie habla de nosotros”, afirmó.
Ángela sabe que tendrá que empezar nuevamente. Ya lo hizo cuando llegó desde el Urabá. Esta vez solo espera no tener que hacerlo sola. “Que los gobernadores, alcaldes, el presidente no nos dejen en el olvido, sino que nos tiendan la mano”.
