La violencia le arrebató su hogar, pero no su sueño universitario

In Especiales
abril 29, 2026

Hace 16 años salió de la Comuna 13 con miedo e incertidumbre. Hoy, lidera la identificación de cuerpos sin nombre.

A María Isabel García Restrepo, la violencia la expulsó de Medellín y la obligó a empezar de nuevo en Risaralda. Dieciséis años después, esa misma experiencia se convirtió en la fuerza que hoy la mantiene al frente de la defensa de las víctimas del conflicto, la búsqueda de desaparecidos y el acompañamiento a mujeres afectadas por la guerra.

Su historia es la de una mujer que transformó el desplazamiento forzado en liderazgo social. Salió de la Comuna 13 de Medellín después de los años más duros de violencia urbana que siguieron a la Operación Orión y llegó en marzo de 2010 al municipio de Marsella, con la necesidad urgente de reconstruir su vida.

Pero no llegó como una desconocida frente al trabajo comunitario. Desde muy joven había asumido responsabilidades de liderazgo. En Andes, Antioquia, acompañó decenas de hogares vinculados a programas del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, realizando visitas y seguimiento a familias.

Más tarde, en Medellín, también trabajó con programas de atención social dirigidos a comunidades vulnerables. El desplazamiento cambió su territorio, pero no su vocación de servicio.

Su llegada a Risaralda

Ya instalada en Marsella, su propia condición de víctima la llevó a involucrarse en la defensa de quienes, como ella, también habían sido golpeados por la violencia. En 2012 ingresó a la Mesa de Víctimas del municipio y, dos años después, asumió la coordinación, cargo que desempeñó hasta 2021.

Desde allí impulsó uno de los temas más sensibles para la memoria del conflicto en la región: la situación de las personas no identificadas sepultadas en el cementerio de Marsella.

Su gestión trascendió el ámbito local. Participó en escenarios nacionales y elevó la discusión ante entidades como la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, la Fiscalía y el Centro Nacional de Memoria Histórica, insistiendo en la necesidad de que esos cuerpos pudieran ser reconocidos y entregados dignamente a sus familias.

Su trabajo fue clave para que en 2022 se realizara en Marsella una audiencia pública con la Jurisdicción Especial para la Paz, un hecho que marcó un punto de inflexión en el proceso de exhumación e identificación.

A partir de 2023 comenzaron las intervenciones paulatinas en el cementerio, con el objetivo de avanzar en la recuperación e identificación de restos humanos que durante años permanecieron sin nombre. Para las familias, este proceso representó no sólo una respuesta institucional, sino la posibilidad de cerrar un duelo que había permanecido suspendido.

Logró su sueño

Sin embargo, la historia de María Isabel no se limita a su liderazgo como víctima. En 2018 tomó una decisión que, según su relato, estuvo marcada por el sacrificio y la persistencia: regresar a estudiar. Inició el bachillerato en jornada sabatina junto a una de sus hijas y culminó sus estudios en 2020.

Un año después comenzó la carrera de Administración Pública, desplazándose hasta Dosquebradas para asistir a clases. Lo hizo, dice, “sin faltar un solo día”. Su graduación, reciente, se convirtió en una prueba de que la guerra no logró definir su destino.

Mientras continuaba su labor social, también asumía nuevas responsabilidades familiares y mantenía su acompañamiento a mujeres víctimas y comunidades afectadas por la violencia.

Aunque ya no integra la Mesa Municipal, sigue siendo una de las voces más activas en la defensa de las nuevas víctimas del municipio y participa en espacios como el consejo de mujeres.

Su historia resume dos realidades que siguen marcando a Colombia: la persistencia de las heridas del conflicto y la capacidad de las víctimas para reconstruirse. Hoy, más que una sobreviviente del desplazamiento, María Isabel se convertió en referente de memoria, liderazgo y servicio comunitario.

Su trayectoria, hoy es la historia que muestra cómo, incluso después de haber sido expulsada por la violencia, es posible rehacer la vida y convertir el dolor en una causa colectiva.