Desde aquel 13 de marzo de 2013, cuando Jorge Mario Bergoglio se asomó al balcón central de la Basílica de San Pedro y pronunció un sencillo y conmovedor “buona sera”, el mundo católico comprendió que algo diferente estaba naciendo en el corazón del Vaticano.
El primer Papa latinoamericano en la historia, el primer jesuita en asumir la cátedra de San Pedro, llegaba desde el sur del mundo para recordarle a la Iglesia la importancia de la sencillez, la cercanía y la misericordia.
Francisco, como eligió llamarse en honor a San Francisco de Asís, ha construido su pontificado sobre los pilares del diálogo, la paz y la ternura. Y en ese espíritu, Colombia ocupó un lugar especial en su corazón.
Su visita apostólica en septiembre de 2017, en medio de un país que transitaba las sendas frágiles de la reconciliación, fue mucho más que un gesto diplomático: fue un abrazo fraterno, un llamado a sanar las heridas de décadas de conflicto.
En aquellos días luminosos, Francisco dejó palabras que aún resuenan. Pero quizá el gesto más íntimo fue una sencilla petición: pidió a cada colombiano que no se olvidara de rezar por él.
Una súplica humilde, en la que el Papa, consciente de las enormes cargas espirituales que conlleva su misión, solicitaba el respaldo de un pueblo creyente y esperanzado.
“Por favor, no se olviden de rezar por mí“, dijo en repetidas ocasiones, desde Bogotá hasta Cartagena, desde encuentros multitudinarios hasta breves mensajes privados.
Con esa frase, Francisco reafirmó su vínculo profundo con la humanidad, mostrándose no como una figura lejana, sino como un pastor que también necesita ser sostenido por la oración de su rebaño.
