Bairon había estado en prisión. La tarde de este sábado cayó, víctima del presunto ajuste entre bandas que desangra la ciudad.
Lo mataron a plena luz del día, como una advertencia para el resto. A Jhon Bairon Rojas Vélez, conocido como “Bairon”, lo ejecutaron en una esquina del barrio El Dorado, una de las zonas más golpeadas por la violencia en Pereira.
Tenía un historial criminal que lo vinculaba al tráfico de drogas y al porte ilegal de armas, y una sentencia por homicidio desde 2017. No fue un crimen al azar. Fue la víctima número 139 de una guerra silenciosa, pero brutal, por el control de los barrios de la ciudad.
Las balas que mataron a Bairon no fueron por venganza personal. Detrás de su asesinato hay un conflicto mucho más profundo: la disputa territorial entre estructuras criminales que operan bajo la sombra de Cordillera, y que buscan dominar las rentas ilegales del microtráfico en Pereira.
Pereira se ha convertido en un tablero de guerra, y barrios como El Dorado, son hoy las trincheras. La orden, desde el lado de la organización, es clara: retomar el control perdido y desplazar a los rivales. La muerte de Bairon encaja en esa lógica.
Las bandas y sus jefes de guerra
La investigación adelantada por las autoridades apunta a que la ejecución fue ordenada por los jefes de una facción de Cordillera, “el brazo armado de Cuba”, donde dos nombres generan terror: alias ‘La Fruta’ y ‘Demon’, señalados de coordinar la ofensiva más reciente.
Del otro lado de esta guerra urbana están los grupos de alias ‘Triana’ y ‘Juancho’, enfrentados a muerte con los hombres de alias ‘Celeste’ y ‘Juangui’, quienes habrían intentado tomar control del expendio en sectores claves.
Bairon, supuestamente habría tenido vínculos antiguos con los rebeldes y fue señalado de colaborar con el frente rival. Su asesinato fue, entonces, una sentencia anunciada.
¿Quién era Bairon?
Jhon Bairon Rojas Vélez nació y creció en Pereira. Su expediente judicial arranca en 2013, con una anotación por tráfico de estupefacientes. Luego vinieron cargos por porte ilegal de armas y, en 2017, una condena por homicidio. Pasó por la cárcel y hace poco había regresado a las calles.
No era un hombre invisible. Sabían dónde se movía y con quién. Los códigos del microtráfico son implacables: quien cruza la línea, muere.
Con 139 homicidios en lo que va del año, la ciudad atraviesa su periodo más violento en la última década. La mayoría de las víctimas están vinculadas directa o indirectamente con las redes del narcomenudeo, que no sólo disputan esquinas y corredores, sino también el silencio de la gente.
Este último caso resume lo que hoy vive Pereira: una ciudad atrapada. Detrás de cada homicidio hay una red de poder, dinero y muerte. Los nombres cambian, los barrios también, pero la mecánica es la misma.
