El silencio que deja su partida retumba más fuerte que cualquier titular. Este jueves, a través de grupos de Whatsapp se conoció la lamentable partida de Aldemar Solano, uno de los más grandes periodistas que haya conocido esta ciudad.
Una emotiva ceremonia celebrada en la iglesia La Balvanera, frente al Parque de La Libertad en Pereira, dejó espacio para que colegas, amigos y familiares despidieran a un hombre que lo hizo todo.
Su muerte, producto de una bacteria que lo mantuvo hospitalizado durante un mes en el Hospital Universitario San Jorge, deja un vacío difícil de llenar para el gremio periodístico y en todos aquellos que aprendieron de su ética, talento y pasión.

Aldemar no sólo fue un periodista. Fue un intelectual con pluma firme, verbo brillante y alma inquieta. Sus investigaciones, siempre minuciosas y sustentadas, se convirtieron en referentes del buen periodismo.
No era de los que improvisaban ni buscaban el aplauso fácil. Aldemar buscaba la verdad, la profundidad, la historia detrás de la historia.
Entre sus múltiples facetas, fue escritor prolífico, y uno de sus textos más recordados quedará como legado: La fama de las pereiranas, una investigación que exploró el mito y la realidad detrás del imaginario colectivo que rodea a las mujeres de esta ciudad.

Con un enfoque crítico y sensible, desnudó estereotipos y retrató la complejidad de la identidad femenina. Fue un texto que incomodó a algunos y despertó reflexiones en muchos más, como todo lo que merece la pena ser leído.
Aldemar también fue cineasta, asesor político, viajero incansable y conocedor de culturas. Caminó por el mundo con los ojos bien abiertos y un cuaderno en el bolsillo, siempre dispuesto a narrar lo que veía. Hasta estuvo extra en la última grabación de Gladiador 2.

Dejó su huella en cortometrajes, campañas, libros, conferencias y, sobre todo, en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de compartir una charla, un consejo o un café con él.
Pero más allá de los logros profesionales, quienes lo conocieron lo recuerdan por ser un buen amigo y un colega generoso. De esos que jamás negaban un saludo, que siempre tenían tiempo para escuchar, para debatir con altura o simplemente para compartir una risa.
Era un periodista completo, de los que ya no abundan, y un ser humano íntegro, de los que nunca deberían irse. Gracias, Aldemar, por enseñar que contar historias también es un acto de amor. Hasta siempre, maestro.
