Este año, dos equipos de desminado humanitario neutralizaron cinco artefactos en el municipio de Pueblo Rico.
El conflicto armado dejó huellas invisibles en la geografía rural de Risaralda, 45 hombres del Ejército Nacional trabajan para borrar uno de sus legados más letales: las minas y artefactos explosivos.
En municipios históricamente golpeados como Pueblo Rico y Mistrató, el desminado humanitario se convirtió en una operación silenciosa, técnica y prolongada, cuyo impacto se mide en vidas protegidas y territorios recuperados para la población civil.
El balance lo entregó recientemente el teniente coronel Luis Alfonso Palomino Elejalde, comandante del Batallón de Artillería de Campaña N.º 8 San Mateo, unidad que articula el trabajo de los grupos orgánicos de la Brigada de Desminado Humanitario desplegados actualmente en el departamento.
Según el oficial, no se trata de una intervención puntual, sino de un proceso meticuloso que inicia con la comunidad y que puede demorar hasta seis meses por cada cuadrante intervenido.
Actualmente operan dos grupos de desminado humanitario en Risaralda. Uno adelanta labores técnicas de búsqueda de información en Mistrató, tras el restablecimiento de condiciones de seguridad.
Otro, actúa de manera directa en Pueblo Rico, donde el pelotón especializado denominado Átomo Uno logró la desactivación de cinco artefactos explosivos improvisados en la vereda Jamarraya, instalados años atrás durante el conflicto.
Trabajo técnico, sin armas y con apoyo comunitario
A diferencia de las operaciones militares convencionales, el desminado humanitario se ejecuta bajo protocolos estrictos. Los soldados no portan armamento, visten uniformes diferenciados y su primer contacto no es con el terreno, sino con la comunidad.
“El acercamiento con juntas de acción comunal, líderes y alcaldías es la base del proceso”, explicó el comandante. La información suministrada por los habitantes permite delimitar áreas sospechosas, que luego son sometidas a estudios técnicos detallados.
Cada cuadrante, de entre 600 y 800 metros, se revisa centímetro a centímetro. El avance puede ser de apenas un metro diario, lo que convierte esta labor en una de las más exigentes física y mentalmente dentro del Ejército.
En total, 45 hombres participan actualmente en estas tareas entre Pueblo Rico y Mistrató. Todos cuentan con certificaciones específicas y pasan por procesos de rotación, dada la carga operativa y el nivel de riesgo.
“Es un trabajo desgastante, pero absolutamente necesario”, señaló Palomino, al destacar que muchos de los terrenos intervenidos son de vocación agrícola y habitados por campesinos.
Del conflicto al territorio libre de minas
Los artefactos neutralizados en Jamarraya corresponden a explosivos instalados hace años, abandonados tras combates o retiradas de actores armados. No se trata, aclaró el comandante, de dispositivos recientemente sembrados.
De hecho, en las labores actuales no se ha detectado la instalación nueva de minas, aunque sí se mantienen alertas ante esa posibilidad, dado que es una práctica recurrente de grupos ilegales.
Diferente fue el caso de operaciones recientes en Mistrató y Belén de Umbría, donde desactivaron cilindros explosivos atribuidos al Clan del Golfo, que no habían sido aún instalados. Esa es la diferencia, según palomino, entre desminado humanitario y neutralización de amenazas activas.
La mayor satisfacción para las tropas es el cierre del proceso: “declarar un municipio o una vereda libre de sospecha de minas, certificación que cuenta con el aval de las Naciones Unidas. Ese anuncio no solo tiene un valor simbólico, sino práctico”, agregó el oficial.
Para el teniente coronel Palomina, el verdadero premio es “habilitar la tierra para el retorno seguro, la producción agrícola y la movilidad de comunidades que durante años convivieron con el riesgo invisible”.
Risaralda es un departamento donde el conflicto marcó momentos complejos en zonas rurales. Por eso, el desminado humanitario se consolida como una tarea estratégica de reparación territorial.
Lejos de los reflectores de las cámaras, estos 45 hombres avanzan lentamente, metro a metro, para garantizar que el futuro no vuelva a explotar bajo los pies de quienes habitan el campo en este departamento.
