En conversación con Noticias 360 Digital, pidió justicia y denunció que el lugar no cuenta con protocolos de seguridad para niños.
El padre de Tiago no levantó la voz para acusar. Dijo que habla para no olvidar. Porque su hijo, de cuatro años, murió ahogado en una piscina turística de Santa Rosa de Cabal y nadie logró salvarlo. A su juicio, falló la vigilancia, los primeros auxilios y la respuesta médica.
Además, teme que el silencio convierta esa muerte en una más. “A mí la plata no me interesa. Yo lo único que quiero es justicia”, dice. Su testimonio, crudo y directo, muestra supuestas omisiones que pide que se investiguen.
El día de la tragedia comenzó como una visita familiar. Sus parientes habían llegado desde España y se alojaban en su casa. Él trabajaba desde allí, entre las diez de la mañana y las siete de la noche.
El niño era el centro de esa visita, querido, esperado, celebrado. Por eso, cuando ese jueves propusieron llevarlo a los termales de San Vicente, algo lo detuvo. “Yo no quería que se lo llevaran”, recuerda.
Finalmente accedió. Su familia salió hacia las cuatro de la tarde. A las siete de la noche escribió para saber cómo estaban. Le respondieron que todo iba bien. Cuarenta minutos después, el teléfono sonó de nuevo.
No era para coordinar una cena. Su sobrino le dijo que el niño se había caído a una piscina, que casi se había ahogado, que lo intentaban reanimar, que estaba en una clínica. “Yo salí disparado. Ya sabía lo que había pasado”, cuenta.
Sin embargo, cuando llegó a la clínica no hubo respuestas. Nadie le explicó nada. Ese silencio fue la confirmación. El niño había muerto.
Según el relato que le entregaron su padre y su sobrino, quienes acompañaban al menor, Tiago estaba en una piscina baja. Su abuelo estaba cerca. Un instante bastó. El niño desapareció de la vista. Cuando lo buscaron, otro niño señaló hacia el agua: “Ese se murió”.
El testimonio
Jhon López, e papá de Tiago, cuenta lo que le dijeron varios testigos. Le hicieron compresiones en el pecho. El niño tosió y movió la cabeza. Para el padre, ese momento resulta clave: “Mi hijo todavía estaba vivo”. Luego llegaron paramédicos del lugar y aquí, su denuncia se hizo directa.
Afirma que el centro turístico no tenía la experiencia ni los protocolos adecuados. “Llamaban por teléfono para que les dijeran qué hacer”, relata. Asegura que usaron un desfibrilador con el niño mojado y que el complejo no contaba con ambulancia ni transporte médico especializado.
Su reclamo central apunta a la prevención. No había socorristas vigilando las piscinas, pese a tratarse de un centro recreacional que recibe turistas de todo el país y del exterior. “Yo he ido a otras piscinas y siempre hay un socorrista mirando. Aquí no había nadie”, dice.
Cuestiona, además, el cobro de un seguro incluido en la entrada. “¿Para qué se paga ese seguro si los primeros auxilios son deficientes?”, pregunta.
Reconoce que hubo un descuido familiar. No lo niega. Pero insiste en que eso no borra las responsabilidades del lugar. “Quitando la culpa, hubo negligencia”, afirma. Sostiene que con un socorrista presente, con protocolos claros y con una ambulancia disponible, la historia cambiaba.
¿Qué busca?
“A mí la plata no me va a devolver a mi hijo”. Pide algo más básico y más difícil: justicia. Dice que ya hubo otros casos y que no permitirá que la muerte de Tiago quede en el olvido. “Si con esto puedo salvar otra vida, me conformo”, asegura.
Jhon López habló del dolor sin metáforas. Asegura que perder a un niño de cuatro años es devastador y habló de la forma de la muerte. “Morir ahogado es horrible. Ningún niño merece morir así”. Pero, cerró con una exigencia: si no existen condiciones de seguridad, que no permitan el ingreso de niños.
