De Chiclayo al Vaticano: El hijo del sur que llegó a Roma

In Mundo
mayo 09, 2025

Para muchos servidores católicos, la elección de un nuevo Papa trae consigo un gesto divino, un signo de los tiempos. Pero cuando la historia de vida del nuevo Sumo Pontífice toca las fibras de quienes han caminado su fe entre la pobreza, la inmigración, la cruz y la esperanza, el mensaje adquiere una fuerza aún más conmovedora.

Así es la historia del papa León XIV, Robert Francis Prevost, el primer Papa estadounidense de nacimiento, pero también el primero cuya identidad es profundamente mestiza, continental y fraternal. Un hombre con sangre francesa, raíces dominicanas y alma peruana.

No es extraño que, apenas coronado, sus primeras palabras fueran en español. “Un saludo en particular a mi querida Diócesis de Chiclayo”, dijo con una voz entrecortada por la emoción.

“Donde un pueblo fiel ha acompañado a su obispo, ha compartido su fe y ha dado tanto, tanto, para seguir siendo la iglesia fiel de Jesucristo”. Palabras que no sólo fueron una cortesía diplomática, sino un testimonio de vida.

Chiclayo no fue un destino misionero, fue su hogar durante más de 30 años. Ahí fue pastor, hermano y amigo de miles de personas. Ahí lloró, amó y luchó.

El nuevo Pontífice fue forjado en una familia de silenciosa grandeza. Su padre, Louis Marius Prevost, descendiente de franceses y veterano de la Segunda Guerra Mundial, le enseñó el valor del servicio.

Su madre, Mildred Martínez, mujer de ascendencia dominicana y espíritu católico, lo educó en la fe desde la parroquia de Santa María de la Asunción en Delton. Una iglesia modesta, donde aprendió que la grandeza del Evangelio no está en la riqueza, sino en la entrega silenciosa.

“Jugaba a ser sacerdote desde niño”, recordó recientemente su hermano Louis Martin en una entrevista con BBC. Mientras él empuñaba arcos y flechas en el jardín, Robert sostenía un cáliz improvisado y pronunciaba bendiciones con seriedad infantil.

“No… ¿te puedo dar la comunión?”, respondía cuando lo invitaban a juegos más ‘divertidos’ para un menor de edad. Esa vocación temprana no era un capricho, era una señal. Un niño que soñaba con consagrar pan y vino, y que terminaría consagrando su vida entera.

Pero lo que más conmueve de León XIV no es sólo su historia familiar, sino su manera de vivirla. No ha renegado de sus orígenes, ni ha buscado revestirse de títulos o distancias. Por el contrario, ha reivindicado su ascendencia criolla, su doble nacionalidad con Perú, su herencia multicultural.

A sus 69 años, ha abrazado a los pobres, a los migrantes, a los que no cabían en las élites. ¿Es esta raíz compartida con los pueblos lo que lo asemeja tanto al Papa Francisco? Sin duda.

Como Francisco, León XIV no parece querer un trono, sino una silla entre los suyos. No quiere imponer, sino escuchar. No quiere ser el Papa de mármol, sino el pastor que huele a oveja. Y como Francisco, ve en América Latina no una periferia, sino un corazón latente de la Iglesia.

Su elección puede parecer una sorpresa para quienes sólo observan la política vaticana. Pero para quienes han rezado con él en Chiclayo, para quienes vieron en Robert Prevost al hombre que bendecía a los niños migrantes, al obispo que recorría a pie los barrios con más carencias, no hay sorpresa alguna. Sólo gratitud.

El pueblo católico tiene un nuevo pastor. Uno que nació en Chicago, que vivió en Perú, que honra a sus antepasados criollos, y que desde ahora habla al mundo con la voz de León XIV.

Pero en sus gestos aún se reconoce a Rob, el muchacho que no soltaba su cáliz de juguete. El mismo que hoy, desde la cátedra de Pedro, sigue diciendo con ternura: “¿Te puedo dar la comunión?”.