Habló el papá de Matías, una de las víctimas de la masacre en Belén

In Judicial
marzo 27, 2026

Diez días después no hay capturas, sólo un retrato hablado y una recompensa por los responsables del triple homicidio.

A las 7:30 de la noche del pasado martes 17 de marzo, en una vivienda del barrio Arenales, en Belén de Umbría, la violencia entró a patadas. Dos hombres tumbaron la puerta, ingresaron a la vivienda sin resistencia y abrieron fuego dentro de una casa donde nadie esperaba morir.

Matías Arredondo Tobón, de 15 años, fue el primero en recibir los disparos. Siete impactos de bala le quitaron la vida antes de que pudiera levantarse de la cama. Un día después habría cumplido 16 años.

Su padre, Jonathan Arredondo Grisales, recibió la noticia minutos después de intentar comunicarse con él. Había escrito para coordinar un encuentro ese fin de semana, sin saber que ese mensaje coincidía con el momento exacto en que asesinaban a su hijo. Media hora después, varias llamadas lo obligaron a enfrentar lo impensable.

“Entré en shock”, dijo en una entrevista con 360 Noticias. Durante dos horas no logró asimilar que la vida de su hijo había terminado en una escena de violencia que todavía intenta reconstruir pieza por pieza. Esa misma noche emprendió el camino hacia Belén de Umbría. No llegó como padre en duelo solamente. Llegó a preguntar.

La noche en que tumbaron la puerta

Al amanecer siguiente, Jonathan ya tenía los primeros relatos. Cada versión coincidía: los atacantes llegaron en moto, golpearon la puerta hasta derribarla y subieron hasta el segundo piso disparando. No hubo advertencias. No hubo tiempo para huir.

Matías estaba en su habitación. La cama quedaba frente a la puerta. Allí lo encontraron herido y allí mismo lo remataron. Siete disparos apagaron la vida del joven. Luego, los gatilleros avanzaron hacia el cuarto de su madre, Jessica Tobón Agudelo, donde también asesinaron a John Alejandro Castrillón Arrollave, conocido como alias ‘Mellizo’ que, al parecer, era el verdadero objetivo.

Fueron demasiados disparos. Testigos hablan de al menos 30 detonaciones en una casa que quedó marcada por la sangre de las víctimas entre las paredes y los gritos. Cuando salieron, no corrieron. Se rieron. Esa risa, la misma que repiten testigos en varios relatos, es uno de los detalles que más golpea al papá de Matías.

“Se estaban riendo”, repite Jonathan. Y no lo dice como una simple versión, sino con la misma certeza de quienes escucharon o vieron la salida de los asesinos.

La escena dejó tres muertos, pero también sobrevivientes. Un tío logró escapar por el balcón, una niña de 10 años se salvó al quedar cubierta bajo unas cobijas y la novia de Matías logró esconderse porque él se lo pidió antes de morir.

Una masacre que algunos se niegan a nombrar

Jonathan no solo busca entender lo que ocurrió. También enfrenta una discusión que considera ofensiva. Algunas voces institucionales evitan llamar masacre a lo ocurrido porque no hubo cuatro víctimas fatales.

La definición, sin embargo, no es única. Según la Real Academia Española, una masacre es el homicidio intencional de varias personas en estado de indefensión. Bajo ese criterio, lo ocurrido en Belén de Umbría encaja sin dudas. Pero desde sectores oficiales se impone otra lectura: menos de cuatro víctimas no configura para una masacre.

Para el padre, esa diferencia no es técnica. Es moral. “Las vidas no son cifras”, insiste, mientras cuestiona lo que considera un eufemismo político para suavizar la dimensión del crimen. Tres personas asesinadas dentro de su casa, a esa hora, sin posibilidad de defensa, no dejan espacio para dudas.

Jonathan reconstruyó los hechos preguntando. Llegó a la Sijín, habló con investigadores, escuchó a vecinos, recopiló versiones crudas que decidió no suavizar. Su formación como licenciado en literatura y su oficio como escritor chocaron con la necesidad de narrar el horror sin filtros.

Cada dato sumó una capa más difícil de aceptar. La forma en que entraron, la cantidad de disparos, la tranquilidad con la que huyeron por el mismo casco urbano, como si no temieran a nadie. Ese detalle, dice, también envía un mensaje.

“Pueden entrar a cualquier casa”, advierte. Para él, no solo se trató de un asesinato múltiple, sino de una demostración de poder frente a las autoridades.

El niño que no alcanzó los 16

Matías, quizá aparece en expedientes como una víctima más. Pero, para su padre, era un niño noble, alegre, incapaz de hacer daño y siempre dispuesto a ayudar a otros. En el velorio lo confirmaron quienes lo conocieron fuera de casa.

“Era capaz de quitarse el pan para dárselo a otro”, recuerda. No lo dice como una frase hecha, sino como una imagen que se repitió en los testimonios de amigos y profesores. Esa versión de Matías, la que no aparece en los informes, es la que su familia intenta sostener.

Su última conversación quedó suspendida en un chat. Un mensaje enviado minutos antes del ataque, una respuesta que nunca llegó y una cita que no ocurrió. Ese vacío, dice su padre, no se llena con justicia ni con capturas.

Diez días después del crimen, no hay detenidos. Las autoridades solo cuentan con un retrato hablado y una recompensa de 50 millones de pesos para quien entregue información sobre los asesinos.

Mientras tanto, Jonathan insiste en otra forma de resistencia. Pide a otros padres que abracen a sus hijos, que los cuiden, que no den por sentado el tiempo que tienen con ellos. No lo dice desde la teoría. Lo dice desde la ausencia.

A su juicio, en Belén de Umbría no sólo mataron a tres personas. También interrumpieron una historia que apenas comenzaba y dejaron una pregunta ¿Tiene el Estado la capacidad de evitar que vuelva a repetirse? Hasta ahora no hay respuesta.