El Consejo de Estado reconoció el suceso como un falso positivo tras años de estigmatización, dolor familiar y una verdad negada.
Durante 18 años, Danilo Bermúdez Calvo y toda su familia se negaron a aceptar la versión oficial que convirtió a su hermano Adrián en un criminal. Lucharon para demostrar que lo habían asesinado, que no hubo combate y que su muerte aún guarda verdades que el Estado quizá no quiere contar.
Recientemente, una sentencia confirmó lo que la familia denunció desde 2007: Adrián Andrei Alzate Calvo era víctima de un falso positivo. Al joven, nacido en Quinchía (Risaralda), lo asesinaron integrantes del Ejército y lo presentaron como guerrillero muerto en combate.
Tenía 27 años. Era un trabajador informal, dedicado a vender películas y videojuegos y a realizar labores ocasionales en el campo. Vivía a pocas cuadras de la base militar y era conocido por todos los que vivían en el pueblo.
La tarde de su muerte, militares llegaron a su casa y lo citaron con el argumento de que debían pagarle un dinero de unas películas que Adrián, supuestamente, les había vendido. Horas después, apareció muerto por impactos de fusil.
Desde el primer momento, la versión oficial sostuvo que había ocurrido un enfrentamiento armado. La familia lo negó. “Mi hermano estaba durmiendo. Salió confiando”, recuerda Danilo. Aun así, una primera decisión judicial avaló la versión militar y culpó a la víctima de su propia muerte.
La verdad que tardó 18 años
La apelación cambió el rumbo. Tras revisar pruebas técnicas, testimonios y contradicciones, el Consejo de Estado concluyó que no existió combate alguno, que Adrián se encontraba en estado de indefensión y que la escena fue alterada para simular un enfrentamiento.
El fallo estableció que un arma fue implantada después del homicidio y que se creó una operación ficticia para intentar legalizar lo ocurrido. Los estudios demostraron múltiples disparos de fusil, provenientes de distintos ángulos y a corta distancia, incompatibles con un intercambio de fuego.
La sentencia reconoce que el crimen se enmarca en el fenómeno de los falsos positivos, uno de los episodios más oscuros del conflicto armado colombiano, en el que civiles inocentes terminaron asesinados para inflar resultados operacionales.

Para la familia, el daño fue doble. No sólo perdieron a Adrián. Perdieron el nombre, la tranquilidad y el sustento. Él era el mayor de los hombres del hogar y asumía responsabilidades económicas. “Nos arrebataron un hermano y nos dejaron marcados como la familia de un guerrillero”, recordó Danilo.
La herida que sigue abierta
El fallo ordenó la reparación integral, pero Danilo insiste en que el dinero no sana. “Lo que necesitamos es verdad”, dice. Quiere saber quién dio la orden, quién disparó y por qué lo hicieron. El propio Consejo de Estado dejó abierta la posibilidad de que más personas hayan participado en el crimen.
La familia evalúa llevar el caso a la Jurisdicción Especial para la Paz. No buscan venganza. Buscan confesión. “Queremos mirar a los responsables a la cara y que digan la verdad”, afirma.
Dieciocho años después, el dolor persiste. La madre aún llora a su hijo. El lugar del asesinato sigue siendo una herida abierta. Danilo, ahora de 28 años, reconoce que gran parte de su vida estuvo marcada por ese hecho.
Una experiencia que dejó huellas
Hoy, se lo conoce como uno de los fundadores del único proyecto de turismo comunitario que tiene Pereira. De esa historia nació también La Ferro, una iniciativa que promueve memoria, comunidad y dignidad, como una forma de transformar el dolor en construcción colectiva.
“El año pasado tuve la misma edad que mi hermano cuando lo mataron”, recuerda. “Pensé en todo lo que él no pudo vivir”.

La sentencia llegó tarde, pero llegó. Reconoció la inocencia de Adrián, desmontó la mentira oficial y devolvió dignidad a una familia campesina que nunca dejó de luchar.
Para Danilo, la historia no termina con el fallo. Aún hay verdad por contar. Y mientras esa verdad no se diga completa, el asesinato de Adrián seguirá siendo una deuda abierta del Estado con su familia y con el país.
