Más que un símbolo de austeridad, los viejos zapatos del Papa Francisco dejaron una lección imborrable de humildad y cercanía. En un mundo donde las apariencias muchas veces pesaban más que la esencia, el Papa Francisco eligió caminar por otra senda: la de la humildad verdadera.
Sus zapatos viejos, esos mismos que se negaron a ser reemplazados por el lujoso calzado rojo que durante siglos distinguió a los pontífices, se convirtieron en una poderosa metáfora de su manera de entender la fe, la vida y el servicio.
Cuando Jorge Mario Bergoglio fue elegido Papa en marzo de 2013, no quiso mudarse a los aposentos papales del Palacio Apostólico. Prefirió quedarse en una pequeña habitación de la residencia de Santa Marta.
Tampoco aceptó los zapatos nuevos que le ofrecieron para su primer saludo al mundo como el nuevo líder de la Iglesia Católica. Eligió seguir usando los suyos: negros, gastados por los años, curtidos de recorrer calles pobres, hospitales, cárceles y villas de miseria en Buenos Aires.

“Estos zapatos han andado con el pueblo, han pisado barro, han subido escaleras humildes y entrado a casas donde la vida no tiene adornos”, le habría comentado en una ocasión a uno de sus allegados más cercanos.
Cada pliegue en el cuero gastado, cada costura deshilachada, hablaban de un pastor que olía a oveja, como él mismo pidió a los sacerdotes en sus primeras homilías.
No fue una imagen, no fue una estrategia de comunicación: fue la coherencia de quien desde joven tomó buses públicos, cocinó su propia comida y renunció a los privilegios incluso dentro de su ministerio.
Los zapatos viejos de Francisco fueron también testigos de su dolor. Dolor físico, porque en su juventud sufrió problemas de salud que afectaron su caminar. Pero, sobre todo, dolor moral: el que carga quien ha visto de cerca la pobreza extrema, la indiferencia de los poderosos y la fragilidad humana en su estado más crudo.

Usar esos zapatos durante su pontificado fue un acto de rebeldía contra el boato innecesario, pero también una forma silenciosa de predicar con el ejemplo.
En cada visita a los lugares más olvidados, campos de refugiados, hospitales de niños, prisiones abandonadas, esos mismos zapatos, viejos pero firmes, lo acompañaron. No como adorno, sino como prolongación de su misión: caminar siempre junto a los últimos, nunca por encima de ellos.
En 2015, durante un viaje a Cuba, una imagen dio la vuelta al mundo: Francisco, sentado en una silla sencilla, los pies cruzados, mostrando a las cámaras sus zapatos evidentemente gastados.
Para algunos fue motivo de sorpresa; para otros, motivo de amor y respeto. Para todos, un recordatorio de que la grandeza no se mide por el brillo de los zapatos, sino por el barro que acumulan en el camino del servicio.
Hoy, con su partida física, queda la memoria viva de un Papa que no necesitó ornamentos para ser grande. Un hombre que caminó con los humildes, que usó zapatos viejos porque entendía que el Evangelio se predica, sobre todo, con la vida misma.
