El hombre, de aproximadamente 35 años y en condición de habitante de calle, habría intentado recibir atención médica en un centro asistencial de la ciudad. Sin embargo, de acuerdo con relatos de personas cercanas, fue rechazado por no contar con documentación ni estar vinculado al sistema de salud.
Regresó al lugar donde acostumbraba dormir, al lado de la vieja Fundación Emanuel, en el predio donde alguna vez funcionó el ferrocarril, y allí, en soledad, falleció.
Su cuerpo fue hallado en la mañana por transeúntes que notaron su inmovilidad. Las autoridades del CAI El Bosque confirmaron su deceso y la Unidad de Criminalística de la Sijín adelantó el levantamiento del cadáver. Es probable que nadie reclame su cuerpo.

Una muerte que denuncia
Más allá del hecho trágico, la muerte de este ciudadano desnuda una problemática profunda: el acceso negado a la salud para poblaciones vulnerables y migrantes en Colombia. Aunque la Constitución garantiza la atención en urgencias sin distinción de nacionalidad o estatus, en la práctica muchos quedan a la deriva, atrapados entre la burocracia y la indiferencia institucional.
Esta situación también refleja la desprotección de los habitantes de calle, que enfrentan enfermedades, adicciones y exclusión sin una red real de atención o acompañamiento integral. El lugar donde murió —una zona de tránsito cotidiano— se ha convertido en símbolo del abandono: un sitio donde convergen el olvido estatal, la migración forzada y la crisis humanitaria que aún persiste.
